El leteo interior

El leteo interior

 

Héctor Pérez-Rincón García

Miembro de la Société Médico-Psychologique de Paris; Société Internationale d’Histoire de la Psychiatrie et la Psychanalyse; Société des Amis de Marcel Proust et des Amis de Combray. Institut Marcel Proust International.


De la posible influencia de Los sueños y los medios para dirigirlos de Léon D’Hervey de Saint-Denys sobre la génesis de En busca del Tiempo perdido de Marcel Proust.

El mundo del sueño […] la dolorosa síntesis de la sobrevivencia y de la nada, en la profundidad orgánica y vuelta translúcida de las vísceras misteriosamente iluminadas […] a partir de que, para recorrer las arterias de la ciudad subterránea nos hemos embarcado sobre la marea negra de nuestra propia sangre como sobre un Leteo interior […].

Este fragmento, tomado de las páginas de Sodoma y Gomorra es una de las descripciones más poéticas del sueño que se encuentra en toda la Literatura. Es también el ejemplo de uno de los temas que más interesaron a Marcel Proust. Mireille Naturel lo ha señalado con claridad: “Del durmiente despertado al escritor-modelo que desaparece, los momentos clave de En busca del tiempo perdido están marcadas por el sello del sueño y los sueños”, en tanto que Luc Fraisse analizó la manera en la cual “el relato onírico nutre, en primer lugar, el proyecto antirrealista que sostiene la estética del Proust novelista”.

Hace ochenta y un años, un crítico franco-mexicano con un destino trágico, escribió lo siguiente:

[…] Proust quiso […] hacer nacer su obra entera de esta especie de alienación en la que está el hombre entre el sueño y la vigilia, entre el soñar y la adaptación de la conciencia al mundo objetivo […]. La vida normal es, pues, para Proust, otro dormir, y el simbolismo estético de su obra se anuncia así desde las primeras páginas. El despertar fisiológico no lo conduce sino a otro sueño: el sueño implicado dentro de un estado de vigilia en el que las sensaciones ocultan su mensaje, en el que los sentimientos se suceden caóticamente sin jamás alcanzar su unidad […]. Pero este segundo despertar, ese despertar milagroso que provoca la pequeña madalena o los adoquines disparejos del patio de los Guermantes, le asegurará finalmente este despertar del alma que le permitirá abarcar todos los ‘instantes’ de su duración dentro de una apercepción inteligible.

La larga cita que hago de Ramón Fernández subraya el papel, al mismo tiempo poético y fisiológico, de la empresa de Proust, y anuncia el interés que esta última vertiente suscita en nuestros días. Anuncia, también la creación de una ciencia moderna del sueño a partir de 1953 con el descubrimiento por Aserinsky y Kleitman del “sueño de movimientos oculares rápidos”, señal fisiológica de la actividad onírica, descubrimiento que los fisiólogos habrían podido hacer veinte años antes si hubieran leído la descripción del sueño de Albertine en La prisionera.

Ahora bien, se puede descubrir un antecedente, hasta hace poco desconocido, del interés de Proust sobre la función hípnica y sobre la actividad onírica, que se encuentra en las páginas de En busca del tiempo perdido. Una generación antes del relato del “Narrador”, en 1867, un curioso personaje que bien pudo pertenecer al universo literario proustiano, Marie Jean Léon Le Coq, baron d’Hervey. marqués de Saint-Denys (aristócrata y erudito que había encontrado seguramente al joven Conde de Quercy en el Jockey Club), profesor de chino y de tártaro-manchú en el Colegio de Francia, miembro de la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, que presidió, había escrito en su libro Los sueños y los medios para dirigirlos la descripción de sus experiencias nocturnas a las que llamó “los sueños lúcidos”. Solamente hay una mención del Marqués en todas las páginas de la obra proustiana: se encuentra en un diálogo del duque de Guermantes con su hermano, el Barón de Charlus, en Sodoma y Gomorra:

Todavía veo el viejo jarrón de porcelana que te trajo Hervey de Saint-Denis. Tú nos amenazabas con ir a pasar definitivamente tu vida en China, tan fascinado estabas con ese país […].

Pero aquí se trata del Hervey sinólogo –¡un sinólogo que por cierto nunca estuvo en China!–, en tanto que la otra vertiente del personaje, el onirólogo, la que ha hecho su celebridad entre los neurofisiólogos contemporáneos, se encuentra ausente. Les Rêves et les Moyens de les diriger. Observations pratiques fue publicado de manera anónima, en 1867, por la editorial Amyot. En su estancia de algunos meses en París en 1884, Sigmund Freud, que había escuchado hablar de él, no pudo obtener el volumen, lo que es tan lamentable como no haber leído La Recherche. La figura de Léon d’Hervey de Saint-Denys ha resurgido en nuestros días gracias al interés de los neurofisiólogos del sueño y a la reedición de su libro en 1995, en la editorial Oniros, acompañada de un segundo volumen con ensayos biográficos. John Allan Hobson, el especialista norteamericano del sueño, lo ha calificado como “el más grande de los autoobservadores de la historia de la investigación sobre el sueño y los sueños”, en tanto que el volumen biográfico de Oniros descubre que el Marqués había dedicado un ejemplar: “Al conde Robert de Montesquiou. Homenaje del autor anónimo”. El sabio y el novelista habían tenido entonces un amigo común. ¿Fue el futuro modelo de Charlus quien le dio a leer esta obra a Marcel? ¿O fue el ejemplar que debía encontrarse, sin duda, en la biblioteca del doctor Adrien Proust el que él consultó? En cualquier caso, debió de tratarse de una lectura obligatoria para el novelista. La hipótesis de una influencia d’Hervey de Saint-Denys sobre la obra proustiana aparece desde el momento en el cual el lector de esta se ocupa de las páginas del Marqués onirólogo, cuyo estilo no deja de recordar, por momentos, al del novelista.

Señalaremos aquí algunos de los ejemplos que se pueden citar sobre la intertextualidad que sostiene la hipótesis propuesta. En primer lugar, mencionemos el topoi de la linterna mágica como explicación metafórica del mecanismo de las imágenes simultáneas producidas por la imaginación o que sobrevienen durante los sueños y en los estados situados en la frontera sutil entre el sueño y la vigilia, en donde la conciencia es engañada por la confusión entre dos realidades:

d’Hervey:

Una nueva comparación tomada de los efectos de la linterna mágica, será, creo yo, muy propia para digerirla. […] Dos ideas, con sus imágenes, podrán también en ocasiones presentarse, por así decir, de frente, evocadas al mismo tiempo por el encadenamiento de los recuerdos. Sería entonces como si se pasaran al mismo tiempo dos vidrios frente al objetivo de la linterna. Combinación casi idéntica; identidad del resultado” [1; D’Hervey, p.p. 26-27]. “[…]. “[…] y, durante algunos instantes en que duermo todavía, examino muy atentamente una infinidad de detalles grandes y pequeños: bóvedas ojivales, piedras esculpidas, herrajes medio roídos, fisuras y alteraciones de la muralla, admirando con cuánta precisión minuciosa se pinta todo esto a los ojos de mi mente. No obstante, muy pronto, y en tanto que observo la cerradura gigantesca de una vieja puerta carcomida, los objetos pierden de golpe su color y la nitidez de su contorno, como las figuras del diorama cuando se aleja el foco. Siento que despierto. Abro los ojos al mundo real, la claridad de mi lámpara del buró es la única que me ilumina. Son las tres de la mañana [ibid. p.p. 150-151].

Este relato nos conduce al célebre episodio de la linterna mágica, situado casi al principio del primer volumen de La Recherche, en donde encontramos a los “arquitectos y maestros vidrieros de la edad gótica […] sobrenaturales apariciones multicolores, en las que las leyendas estaban dibujadas como en un vitral vacilante y momentáneo.” (Du côté de chez Swann).

En el siguiente párrafo, “la imagen-recuerdo” toma cuerpo dentro de los sueños del Marqués por intermedio de una descripción botánica:

Mientras tanto, esta visión de un racimo de lilas, intacto, oblongo, que se adhiere al arbusto, y tal como lo percibo finalmente, ¿es una visión estereotipada, la invariable reproducción de una imagen-recuerdo, grabada en las fibras de mi cerebro, como dirían los materialistas? En este caso, mi imaginación y mi voluntad serán incapaces de modificarla. Haciendo estas reflexiones, yo había quebrado una rama y deshecho el racimo de lilas, no sin observar, tras cada parcela que arrancaba, cómo los aspectos sucesivos de este bouquet, cada vez más reducido, eran siempre netos y verdaderamente conformes a lo que hubiesen sido si hubiera actuado así en la realidad. Cuando sólo quedaba un pequeño ramo de lilas me pregunté todavía si terminaría mi obra de destrucción ilusoria, o si me mantendría en esta última modificación de la imagen primera. Me atrevo a afirmar que ésta dependía de la libre determinación que yo habría tomado. En ese momento me desperté [1; p. 153].

Encontramos el eco de esta descripción en el fragmento de los espinos blancos:

Después yo regresé frente a los espinos blancos como frente a esas obras de arte de las que se cree que se podría verlos mejor cuando se ha dejado un momento de mirarlos, pero tuve a bien hacerme con mis manos una pantalla para no tener más que ellos bajo mis ojos, el sentimiento que despertaban en mí permanecía oscuro y vago, buscando en vano a separarse, a llegar a adherirse a sus flores. (Du côté de chez Swann).

No menos sorprendente es la evocación de una “existencia anterior” en el siguiente párrafo del Marqués:

Si en ocasiones la reaparición de estas imágenes nos parece absolutamente nueva, en otras veces una vaga reminiscencia nos dice que no nos son enteramente desconocidas. Se encuentran entre los filósofos y entre algunos poetas orientales, pasajes relativos a la idea de una existencia anterior, que me parecen haberles sido inspiradas precisamente por esos sueños en los cuales vemos cosas que nos parece conocer desde hace largo tiempo y de las que, no obstante, al despertar, no recordamos para nada haber tenido realmente conocimiento. Puede ser una situación dolorosa o encantadora, una habitación de la que adivinamos el interior antes de haber franqueado el umbral, o bien son rostros amigos o temidos [1; p. 168], fragmento que recuerda el relato proustiano de la “[…] creencia [que] sobrevivía durante algunos segundos a mi despertar […]. Después comenzaba a volvérseme ininteligible, como, tras la metempsícosis, los pensamientos de una existencia anterior […] (Du côté de chez Swann).

En los siguientes ejemplos, el durmiente incorpora, en la estructura del relato onírico, percepciones auditivas provenientes del exterior:

En d’Hervey:

Ocurre también muy frecuentemente que una frase o incluso una palabra de esas conversaciones nos lanza de golpe hacia unos sueños muy diferentes, evocando instantáneamente otro orden de ideas, y esto por una transición tan brusca, que no pensamos ya más en la pregunta que motivó ese cambio de vista [1; p. 174].

Y en Proust:

Pero estas palabras, penetrando en las ondas del sueño en el que había caído Swann, no habían llegado hasta su conciencia más que sufriendo esta desviación que hace, que en el fondo del agua, un rayo parezca un sol, al igual que en un momento previo el ruido de la campanita, tomando en el fondo de estos abismos una sonoridad de un toque de alarma, había dado a luz el episodio de un incendio (Du côté de chez Swann).

La descripción de la fugacidad del fenómeno hipnopómpico permite al lector captar la fragilidad de los análisis que la conciencia reestructurada de los autores se esfuerza por establecer:

Primero, el Marqués:

Durante este corto periodo que separa al perfecto sueño del completo despertar, cuando uno está dividido entre dos mundos, hice muy grandes esfuerzos para recordar los principales fragmentos de estos sueños que me habían emocionado tanto, y en los cuales estaba persuadido que estaban en germen grandes revelaciones psicológicas; pero me fue imposible volver a captar, como no fuera por fugitivos destellos, algunas ideas generales. En cuanto al hilo que unía estas ideas, unas con las otras, en cuanto a los versos que las expresaban, no volví a encontrar ningún recuerdo. Lo que permaneció como más preciso fue una comparación, surgida entre los vegetales ocultos completamente dentro de su vaina, y grandes verdades completamente enteras, también en un principio, que era necesario saber desarrollar; y después, profundas reflexiones sobre este otro yo-mismo, tan superior a mi yo razonante, que quería hacerme entrever algo, pero que se burlaba de mis estériles esfuerzos para llegar a comprender completamente [1; p.p. 188-189].

Después, el fragmento de Proust:

Entonces, de estos sueños profundos uno se despierta dentro de una aurora, no sabiendo quién es, no siendo nadie, nuevo, listo para todo, encontrándose el cerebro vacío de ese pasado que era hasta entonces la vida. Y tal vez es más hermoso todavía, cuando el aterrizaje del despertar se hace bruscamente y que nuestros pensamientos del sueño, sustraídos por una capa de olvido, no tuvieron el tiempo de regresar progresivamente, antes de que cesara el sueño (Sodome et Gomorrhe).

Hay en el libro del Marqués referencias a una farmacopea cuya acción sobre el proceso onírico llamó su atención:

Hay en medicina medicamentos conocidos por causar visiones casi siempre las mismas. La morfina, por ejemplo, hace soñar comúnmente a aquellos que la han consumido, que están rodeados por toda suerte de animales [1; p. 194]. Respecto de los sueños provocados por el haschich, por el opio, la belladona y todos los narcóticos capaces de exaltar superlativamente la sensibilidad moral y física de la que es susceptible la organización humana, las mismas consideraciones que me han impedido ya penetrar en el terreno de los hechos relativos al sonambulismo y a la demencia, me han prohibido ocuparme de ellos. [1; p. 198].

Esta farmacopea y su influencia sobre los sueños tienen un equivalente en la obra del novelista:

No lejos de allí está el jardín reservado donde se cruzan, como flores desconocidas, los sueños tan diferentes los unos de los otros, sueño de la datura, del cáñamo indio, de los múltiples extractos del éter, sueño de la belladona, del opio, de la valeriana, flores que permanecen cerradas hasta el día en el que el desconocido predestinado vendrá a tocarlas, a abrirlas, y durante largas horas extraer el aroma de sus sueños particulares en un ser maravillado y sorprendido (Le côté de Guermantes, tomo 1).

El lugar que ocupa la memoria afectiva en la obra de Proust es bastante conocido; resuena también en la de D’Hervey de Saint-Denys:

Impresionado por una sensación desde ahora ligada en mi memoria al recuerdo de ciertas otras impresiones simultáneamente percibidas en el origen, mi olfato no había podido reconocer esta sensación sin evocar al mismo tiempo las ideas solidarias. Estas ideas solidarias, eran los sueños que acababa de tener, y la misma experiencia renovada varias veces, en varios días y en varios meses de intervalo, conducía constantemente al mismo resultado [1; p. 206].

Que nos conduce al relato proustiano:

“Pero, cuando nada subsiste de un pasado antiguo, tras la destrucción de las cosas, únicamente, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olfato y el gusto permanecen aún largo tiempo, como las almas, para recordar, esperar, sobre la ruina de todo el resto, llevando sin desmayar, sobre su gotita casi impalpable, el inmenso edificio del recuerdo” (Du côté de chez Swann).

La lectura de la obra Los Sueños y los Medios para dirigirlos permite, pues, encontrar en el Marqués onirólogo el esbozo de algunos de los grandes temas desarrollados más tarde en la creación proustiana, en particular el papel central de la memoria, la sobreimpresión de las experiencias y de los recuerdos diferentes unidos por un lazo sensorial, la descripción cuidadosa de la manera en que las ideas se encadenan dentro de los sueños y cómo, en este estado, las imágenes se funden, se transforman, o se sustituyen las unas a las otras. Los contenidos de muchos relatos oníricos de estos dos autores permiten descubrir, además, su común pertenencia al Gran Mundo. Los biógrafos y los historiadores de la literatura, así como los especialistas de la neuropsicofisiología del dormir y del soñar tienen aquí un campo casi virgen por explorar.

Marie Jean Léon Le Coq, barón d’Hervey, marqués de Saint-Denys (1822-1892), edificó, a la letra y a todo lo largo de su vida, la frase de Proust: “Al mismo tiempo José y Faraón, me puse a interpretar mis sueños” (À l’ombre des jeunes filles en fleur). Habría sido, muy probablemente, según esta hipótesis, una fuente de inspiración hasta ahora desconocida de Marcel Proust. Él gustaba, como se sabe, de ocultar sus fuentes, y la obra del Marqués onirólogo deberá, a partir de ahora, ser considerada como una piedra funeraria (y no de las menores) de ese “gran cementerio en el que sobre la mayor parte de las tumbas ya no se pueden leer los nombres borrados” que son los libros.

Pero, por otro lado, el interés de Proust por los temas fisiológicos y médicos, de los que el sueño y los sueños ocupan un lugar central, debe ser situado en la otra vertiente del personaje que ha llegado a agregarse a su enorme fama literaria, bien establecida a partir de los años cincuenta, tras su “Purgatorio”: la de un autor cuya sólida formación científica le permitió incluir dentro de su obra monumental enfoques, descripciones y puntos de vista que los neurocientíficos consideran originales y adelantadas a las planteadas por los médicos años después. No hay que olvidar que, desde su infancia, Marcel Proust, hijo y hermano de médicos, estuvo rodeado por las eminencias más connotadas de la medicina, ya como observador, ya como paciente. Además de la opinión del profesor Romolo Rossi, de Génova (el joven psiquiatra que liberó a Ezra Pound de la jaula de madera donde lo habían colocado los soldados norteamericanos tras el desembarco en Italia), que creía que En Busca del Tiempo perdido era el más grande tratado de psiquiatría jamás escrito, un gran número de autores le han dedicado un interés particular a una obra que solo había atraído el de los críticos literarios, los semiólogos y los especialistas de la literatura francesa.

Los sueños, los fugaces y evanescentes procesos del adormecimiento y el despertar (los inasibles pasajes hipnagógicos e hipnopómpicos) se manifestaron en varias ocasiones y de manera sumamente original a todo lo largo de su obra novelesca, y no solamente como topoi literarios o metáforas, sino incluso como verdaderas descripciones fisiológicas. Así lo reconoció, desde 1972, el célebre neurólogo marsellés Henri Gastaut: “Proust, para quien los componentes activos del sueño no tenían ningún secreto […] describió magníficamente la ensoñación y la fantasía hipnagógicas”.

En 1998, Michel Pierssens señaló en su artículo Proust en el laboratorio lo siguiente:

“[…] existe claramente algo como una epistemología proustiana, una manera que le es propia, original y profunda, de reflexionar sobre el saber y el conocimiento, sin abandonar la literatura […]”.

En tanto que Hervé-Pierre Lambert ha descrito, bajo el título La memoria: Proust y las neurociencias una amplia revisión de los artículos que muestran el interés expresado por los investigadores franceses y anglófonos provenientes de la neurología, las neurociencias básicas y las ciencias cognitivas por las aportaciones de la obra del novelista. En 1997, el neurólogo Jean Cambier publicó un texto fundamental en este sentido: Marcel Proust, profeta del inconsciente, o la dialéctica de los hemisferios cerebrales en la creación; y al año siguiente, Jean-Yves Tadié (el editor de la versión canónica de La Recherche en la colección de La Pléiade), mostró en una sesión de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, un enfoque original de la relación entre las neurociencias y la concepción proustiana de la memoria.

Es en esta misma vía que Jonah Lehrer publicó su Proust was a Neuroscientist, que Oliver Sacks afirmó que “los momentos esencialmente personales que constituyen nuestro propio ser no son solamente momentos perceptivos, simples momentos fisiológicos: la conciencia de nuestro Yo es más bien ´esta conexión de momentos´ descrita por Marcel Proust”, y que André Didierjean ha mostrado hasta qué punto es posible descubrir en las páginas de La Recherche “con qué estupefacta presciencia las impresiones proustianas han prefigurado, con un siglo de anticipación, los resultados de las experimentaciones más elaboradas de la psicología cognitiva”.

De esta manera, Proust operó una “transvertebración” (neologismo y hápax que introdujo desde las primeras páginas de la novela) entre literatura y ciencia.

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