Francisco Pérez-Fernández 1, Francisco López-Muñoz 2
1 Profesor de Psicología Criminal, Psicología de la Delincuencia e Historia de la Psicología, Facultad HM de Ciencias de la Salud, Universidad Camilo José Cela, e Instituto de Investigación Sanitaria HM Hospitales (IISHM), Madrid, España
2 Catedrático de Farmacología y Vicerrector de Investigación y Ciencia, Facultad HM de Ciencias de la Salud, Universidad Camilo José Cela, e Instituto de Investigación Sanitaria HM Hospitales (IISHM), Madrid, España
Correspondencia: Prof. Francisco López-Muñoz, Vicerrectorado de Investigación, Ciencia y Doctorado, Universidad Camilo José Cela, C/ Castillo de Alarcón, 49, Urb. Villafranca del Castillo, 28692 Villanueva de la Cañada, Madrid, España. Correo electrónico: flopez@ucjc.edu
Resumen:
Este artículo propone una lección de filosofía de la ciencia para las humanidades a partir del caso de los isótopos, entendidos como “versiones” de un mismo elemento químico que comparten un criterio de identidad (número de protones) pero difieren en rasgos internos (neutrones) con efectos relevantes sobre su comportamiento. La distinción isotópica sirve como laboratorio conceptual para revisar la vieja separación entre esencia y accidente y, sobre todo, para subrayar que los criterios que estabilizan una clase no “caen del cielo”, sino que se adoptan porque permiten clasificar, predecir e intervenir. A continuación, el texto traslada esta lógica al problema de la identidad a través del barco de Teseo, mostrando que identidad y tiempo se entrelazan y que los puntos de corte dependen de criterios operativos que, en ciencias humanas, rara vez son tan nítidos como en las ciencias naturales. Desde ahí, se defiende que medir lo humano exige tres operaciones inevitables: recortar el fenómeno, congelar procesos dinámicos y decidir variables relevantes, lo cual vuelve toda medición necesariamente parcial. El caso aplicado es el constructo de psicopatía, presentado como un objeto “sin tabla periódica”: su identidad depende de decisiones de clasificación (psicopatía/sociopatía/TAP), de instrumentos (i.e., PCL-R) y de marcos institucionales con consecuencias clínicas y forenses. El ensayo concluye que precisión no equivale a verdad: los indicadores pueden ser consistentes y, aun así, ocultar decisiones conceptuales discutibles; además, cuando las medidas se usan para decidir, pueden producir efectos de retroalimentación (Goodhart/Campbell) y sesgos performativos.
Palabras clave: Epistemología, criterio de identidad, operacionalización, medición, psicopatía.
Abstract:
This article offers a lesson in the philosophy of science for the humanities through the case of isotopes, understood as “versions” of the same chemical element that share an identity criterion (number of protons) but differ in internal features (neutrons) with relevant effects on their behavior. The isotopic distinction serves as a conceptual laboratory to revisit the old separation between essence and accident and, above all, to emphasize that the criteria that stabilize a class do not “fall from the sky” but are adopted because they enable classification, prediction, and intervention. The text then transfers this logic to the problem of identity via the Ship of Theseus, showing that identity and time are intertwined and that cut-off points depend on operational criteria which, in the human sciences, are rarely as clear-cut as in the natural sciences. From there, it argues that measuring human phenomena requires three unavoidable operations: carving out the phenomenon, freezing dynamic processes, and deciding which variables are relevant, making any measurement necessarily partial. The applied case is the construct of psychopathy, presented as an object “without a periodic table”: its identity depends on classificatory decisions (psychopathy/sociopathy/ASPD), on instruments (e.g., the PCL-R), and on institutional frameworks with clinical and forensic consequences. The essay concludes that precision is not equivalent to truth: indicators may be consistent and still conceal contestable conceptual decisions; moreover, when measures are used for decision-making, they can generate feedback effects (Goodhart/Campbell) and performative biases.
Keywords: Epistemology, identity criterion, operationalization, measurement, psychopathy.
Un isótopo 1 es, por decirlo sencillamente, una versión distinta del mismo elemento químico. Todos los átomos de un elemento comparten el mismo número de protones –criterio de identidad del elemento–, pero el número de neutrones puede variar, lo cual modifica al elemento químico en cuestión sin alterar su naturaleza. En efecto, esa variación conserva la identidad elemental, pero modifica propiedades nucleares, tales como la masa y la estabilidad. De ahí que dos átomos del mismo elemento, pero diferente isótopo, puedan ser indistinguibles para muchas reacciones químicas y, sin embargo, divergir radicalmente en su historia temporal. Así, por ejemplo, en su tendencia a desintegrarse.
El caso del elemento carbono ilustra a la perfección la idea (Figura 1). El carbono-12, el carbono-13 y carbono-14 son carbonos en un sentido estricto: forman CO₂, grafito o diamante y participan en la química orgánica. Pero el C-14 es radiactivo y su desintegración lo vuelve útil para datación arqueológica y paleontológica, mientras que el C-12 domina por su abundancia natural y estabilidad, entretanto el C-13 es un excelente trazador para la realización de resonancias magnéticas. De manera similar, en otros elementos –hidrógeno, uranio, yodo– la diferencia isotópica implica diversas aplicaciones tecnológicas, médicas o energéticas 2 .
El caso de la isotopía, sólo aparentemente alejado de la metafísica, parece diseñar un laboratorio conceptual para la antiquísima distinción aristotélica entre lo esencial y lo accidental (Aristóteles, 1933; 2012). Si se define el elemento químico por su cantidad de protones nucleares, la esencia del carbono serían sus 6 protones. Entretanto, los neutrones serían sus rasgos accidentales, de suerte que pueden variar sin que el átomo mismo deje de ser carbono ni pierda su cualidad elemental. La lección filosófica resultante para la ciencia, sin embargo, no es tanto metafísica como metodológica: en la ciencia, a menudo es necesario un criterio operativo que permita al investigador decidir cuándo dos casos pertenecen a la misma clase. Ese criterio, aunque pudiera parecérselo al lego en la materia, no viene “caído del cielo” o es una mera invención: se adopta porque funciona. Es decir, porque estabiliza acuerdos entre especialistas y permite avanzar hacia la predicción y la intervención en determinados contextos. En química, la apuesta teórica que vincula cantidad de protones e identidad elemental resulta fértil, pues organiza fenómenos, habilita instrumentos y consolida una clasificación en forma de tabla periódica 3 .
Pero la virtud de un criterio es a menudo también, e irónicamente, su principal limitación: define la clase por lo que decide mirar. La naturaleza no negocia, siendo el científico de turno quien elige el punto de corte que hace posible el conocimiento. En términos de filosofía de la ciencia, se habla de “operacionalización”: definir un concepto por el conjunto de operaciones con las que lo identificamos. Un criterio operativo no es –ni puede serlo– “toda” la realidad del fenómeno, sino la bisagra práctica que permite estudiarlo (Popper, 2002).
Contaba Plutarco (ca. 40 – ca. 120) que, tras el regreso del mítico Teseo desde Creta, los atenienses conservaron su barco como si de una reliquia se tratara (Figura 2). Con el paso de los años, las tablas de madera se iban pudriendo, de manera que, para mantenerlo “intacto”, los responsables del cuidado de la nave fueron retirando cada pieza deteriorada y sustituyéndola por otra nueva. Así, sin que hubiera un “salto” brusco, el barco se mantuvo siempre operativo… pero, a la larga, todas sus piezas originales fueron reemplazadas. Y explicaba Plutarco que esto se convirtió en un ejemplo clásico entre los atenienses para discutir una vieja pregunta filosófica: ¿seguía siendo el barco que se conservaba el que fuera de Teseo cuando ya no quedaba ninguna parte del original? ¿En qué momento dejaba algo, a fuerza de cambiarlo, de ser lo que había sido originalmente? (Plutarco, 1982). La fuerza de la historia viene dada porque suscita una interesante paradoja: por una parte, existe una intuición de continuidad, pues si en cada momento solo se cambió una pieza del barco, parece razonable decir que “siguió siendo el mismo” todo el tiempo y no hubo un instante mágico en que dejara de serlo. Pero, por otro lado, la intuición material empuja en la dirección contraria, pues si al final no permanecía ninguna parte del barco original, tiene todo el sentido sostener que no puede ser literalmente el mismo barco y que, materialmente, sería otro diferente 4 .
Este problema afecta también a los isótopos, en la medida que su comprensión suscita un problema temporal similar, pues el C-14 se desintegra y deja de ser carbono al transformarse en otro elemento. Ahora bien, siempre cabe preguntarse en qué momento exacto deja el elemento de ser lo que es y se convierte en otra cosa. Ciertamente, la física y la química ofrecen un lenguaje para describir procesos, semividas y probabilidades, pero la intuición filosófica permanece en su integridad: identidad y tiempo no son separables. El viejo asunto del “barco de Teseo” reaparece aquí, aunque con una cierta ventaja analítica: en el átomo el criterio de identidad está previamente fijado –número de protones–, de suerte que su potencial pérdida supone un cambio elemental. Con todo, el proceso mismo de transformación obliga a pensar el umbral entre el “ser” y el “dejar de ser”. Esto sugiere la tesis general de que muchas identidades dependen de una estabilidad en el tiempo, no solo de una etiqueta conceptual que las señalice e identifique. A ello se refería la interpretación aristotélica de Heráclito: “todo fluye” (Heráclito, 2008; Aristóteles, 1995). La isotopía permite tomarse la consideración heraclíteo-aristotélica literalmente: incluso lo que parece el ladrillo material último del mundo exhibe una historia compleja de cambios, continuidades e identidades.
La diferencia isotópica no es visible a priori. Tener un átomo de carbono simplemente asegura que se tiene un átomo con 6 protones en su núcleo. Sólo midiendo en un espectrómetro es posible conocer ante qué isótopo del elemento nos encontramos en un momento dado. El “truco” químico aquí, de hecho, es que se sabe que en la naturaleza hay isótopos estables dominantes, con lo cual resulta esperable que, por seguir con el ejemplo, en un 98.9% de casos, si estamos ante un átomo de carbono, este sea de C-12. Sin embargo, y aunque inicialmente invisible, la diferenciación isotópica tiene consecuencias visibles: datación arqueológica, diagnóstico por trazadores, terapias radiológicas, producción de energía e investigación biomédica y etcétera (Nord & Billström, 2018). Ello hace que la estructura general de la cuestión aquí planteada sea epistemológicamente sugerente: lo más determinante suele encontrarse en el plano de lo que no se ve, de lo no evidente, y la ciencia progresa cuando “construye” instrumentos conceptuales y materiales que le permiten acceder de alguna manera a ese plano “oculto”, invisible.
El enorme éxito histórico alcanzado por la medición en ciencias naturales es seductor y atractivo, por cuanto garantiza ese acceso a “lo oculto” que no parece tan sencillo de alcanzar en otros ámbitos del conocimiento que, sin embargo, se esfuerzan por trabajar en un plano de igualdad difícilmente alcanzable: si medir el número de neutrones de un núcleo atómico da poder explicativo, ¿por qué no tratar de medir también los “neutrones” –o como se los quiera llamar– de lo humano? En ello, de hecho, se han empeñado históricamente, si bien con escaso éxito, pese a los enormes esfuerzos realizados, todas las posturas de corte reduccionista (López-Muñoz & Pérez-Fernández, 2020). El problema es que, en lo tocante a los fenómenos humanos, no está claro qué cosa cuenta como protón y qué como neutrón. Es más, el acto mismo de medir puede cambiar sustantivamente el fenómeno teóricamente medido.
La comparación que se ha establecido aquí entre química y humanidades no implica –ni lo pretende– una jerarquía simple entre unas y otras, que es como se suele interpretar vulgarmente este problema, sino la existencia de regímenes distintos de modelización a la hora de aproximarse a lo real. En el ideal clásico de la teoría científica, un modelo debe ser siempre susceptible de refutación, por lo que ha de arriesgar predicciones, exponiéndose a fallar. Sin embargo, el modo concreto en que un modelo “yerra” o “acierta” depende intrínsecamente del marco teórico desde el que se interpretan los datos disponibles (Kuhn, 1970). Esto explica por qué no se interpreta y analiza igual el error en matemáticas, en sociología o en medicina. Las comunidades científicas no solo acumulan hechos y contabilizan a partir de ellos, sino que también comparten modelos teóricos, criterios de relevancia, instrumentos de análisis y un marco lingüístico de referencia que permite a todos los implicados saber cómo y de qué –y para qué– se habla en todo momento (Taleb, 2007).
En las ciencias sociales y las humanidades, este entramado metodológico es perfectamente visible, en la medida que delimita de manera muy notable qué se puede ver y qué no partiendo de los mismos hechos a analizar: qué se aceptará y qué no; qué se asumirá y qué no; qué se creerá razonablemente y qué no. Es decir, distintos marcos hipotéticos y analíticos de partida organizan los mismos acontecimientos en relatos diversos que pueden resultar incluso incompatibles entre sí (Quine, 1951). Eso no significa que las ciencias sociales y las humanidades caigan en un relativismo acrítico –al fin y al cabo es incuestionable que hubo un acontecimiento histórico complejo llamado “revolución francesa”, que existe algo llamado “producto interior bruto” o que las personas, de alguna manera, “se comportan” y “piensan”– o bien que sean “peores formas de conocimiento”, sino, simplemente, que, en ellas, el “dato” no está perfectamente aislado del aparato conceptual con el que se analiza. Dicho de otro modo, que no existe una medición, sea cual fuere, que no arranque de una conceptualización previa acerca de aquello mismo que se pretende “medir” y que de alguna manera no “contamine” lo medido.
Este problema no se manifiesta tan nítidamente en las ciencias naturales porque su definición de objeto es más precisa. En el ámbito de la química, por seguir con el asunto de los elementos y los isótopos, las variables en concurso están más acotadas, son más específicas, y la posibilidad de replicación es siempre mucho más estable. Ello permite una separación técnica y tecnológica más eficiente entre el aparato de medida y el objeto medido y, por ello, las clasificaciones que se establecen en su seno tienen mayoritariamente un aspecto “definitivo” y “objetivo”. En lo tocante a los problemas humanos, por el contrario, las variables son abiertas, el contexto redefine el sentido, y el lenguaje interviene de manera decisiva en la constitución del objeto, lo cual contraviene necesariamente la claridad y convierte todo el proceso antes en un mecanismo de aproximación que en una búsqueda de exactitud (Quine, 1951; Duhem, 1991). No obstante, se debe advertir que esto es enteramente cierto siempre y cuando los investigadores de las ciencias naturales “duras” no caigan en la trampa cientificista –por ende dogmática– de suponer que aquello de lo que no se ocupan, o los problemas que no consideran, simplemente no existen o bien carecen de importancia. En tal caso estarían considerando que la ciencia, en su conjunto, no es otra cosa que una extensión del lenguaje natural destinada a la mera descripción de observaciones y comportamientos que, en el fondo, nunca podrán ser del todo comprendidos por el ser humano (Smolin, 2006).
La metáfora central que se viene diseñando hasta aquí puede, por lo tanto, formularse así: en ciencias naturales se acuerda un “núcleo” de análisis –los protones y los neutrones– y se trata al contexto como mero ruido que se elimina experimentalmente para poder aislar regularidades; pero en humanidades y ciencias sociales, el contexto es con frecuencia, y precisamente, la señal misma que se trata de controlar mediante el análisis. De tal modo, la descripción misma del evento que se estudia, por muy asépticamente que se trate de formular por parte del investigador, cambia de naturaleza moral, material e histórica en función del contexto. Por ejemplo, si se dice que “Juan disparó a un hombre”, tal hecho no tiene las mismas implicaciones analíticas y explicativas en el caso de que Juan haya disparado al hombre coaccionado, en la guerra, por accidente, en defensa propia, por venganza y etcétera. Así, preguntarse algo tan aparentemente disparatado como “¿cuál es el protón de una revolución?” o “¿cuántos neutrones hay en la emoción de tristeza?” no tiene nada de caprichoso: muestra a las claras que la identidad del hecho que se estudia depende del enfoque que se adopta al estudiarlo, lo cual convierte las pretensiones del reduccionista en mera ilusión (López-Muñoz & Pérez-Fernández, 2020). Se puede elegir un núcleo causal –economía, instituciones, liderazgos, ideas, sentimientos, patologías mentales–, pero esa elección es parte intrínseca del modelo de análisis empleado y no un dato “objetivo” ya dado ahí. Pero hay más; excediendo acaso los límites de una pretensión de objetividad general que el propio modelo de análisis utilizado torna imposible, ocurre que los fenómenos humanos poseen reflexividad, pues el diagnóstico modifica al paciente, la categoría legal reordena conductas, el indicador cambia las políticas públicas, el informe penitenciario determina el éxito de la resocialización y etcétera. En suma, el objeto de estudio acciona y reacciona: “lee el informe” que se elabora sobre el fenómeno estudiado –acción–, y moviliza una respuesta –reacción–.
Medir en lo humano exige, cuando menos, de tres operaciones tan necesarias como inevitables. Primero, se debe establecer un punto de corte, esto es, elegir una escala de medida que va a dejar fuera necesariamente gran parte del fenómeno –es lo que ocurre cuando se pretende reducir constructos complejos como la felicidad, la personalidad o la psicopatía a un número–. Segundo, tratar de congelar el proceso, de modo que se opera con algo vivo y continuo como si fuera un estado fijo –por ejemplo, la ideología política, el número de amigos o el nivel de renta–. Tercero, y no menos importante, decidir qué cuenta como variable y qué no, de suerte que se controlan unos pocos elementos intervinientes que se consideran “relevantes” a la par que se ignoran otros muchos, ya sea porque no se consideran interesantes, porque se estima que carecen de importancia o porque, simplemente, no se identifican (Porter, 1995).
Estas operaciones no invalidan la medición per se, pues algo se mide como es lógico, pero la tornan necesariamente parcial. Ello no supone dificultad alguna en la medida que se tenga presente. El problema general, ya sea en ciencias sociales, humanidades u otras formas de conocimiento que conjugan ocasionalmente diferentes dosis de ciencia natural y de ciencia social –como la psicología o la medicina– surge cuando se olvida esta parcialidad inherente a la medida y tanto el procedimiento empleado para medir, como la cifra obtenida, se tratan como si fueran el fenómeno completo mismo (Porter, 1995; Popper, 2002). Entonces sucede que la herramienta empleada para “medir” –test, cuestionario, cuadro sintomatológico, nosografía, hecho fisiológico, experimento– y el resultado obtenido con su concurso, reemplazan por entero al problema que se estudia y se convierte ya, por sí misma, en el objeto estudiado. Empiezan a ocurrir entonces eventos que pueden inducir confusiones, pues ya no se habla del hecho estudiado en sí, sino de los indicadores y procedimientos que se han construido para tratar de analizarlo, así como de los resultados obtenidos mediante tales artificios.
El problema general es que, en este proceso de inadvertida suplantación, se suele terminar perdiendo de vista el hecho de que es el investigador quien fija el criterio. Ello implica que un indicador puede ser muy preciso y consistente sin ser necesariamente verdadero con respecto a aquello que pretendía representar. La precisión numérica puede, por consiguiente, ocultar una decisión conceptual discutible que tiene consecuencias (Porter, 1995). Si trasladamos esta cuestión al mundo de la nosografía psicológico-psiquiátrica, la pregunta se torna inevitable: cuando el profesional, mediante diferentes criterios de análisis, diagnóstica de un trastorno mental, ¿qué está haciendo en realidad? ¿Habla del paciente o de la medida aplicada al paciente? El caso del constructo denominado “psicopatía” ayuda a esclarecer esta dificultad epistemológica.
Tal y como se ha mostrado, en ciencias naturales el criterio de identidad suele ser nítido: el elemento químico se fija por el número de protones, y el resto de posible variación interna –en nuestro caso los neutrones– modifica masa y estabilidad, sin alterar la pertenencia a la clase. La metáfora-analogía viene siendo útil porque obliga a separar dos preguntas que a menudo se confunden entre sí: a) ¿qué hace que algo sea “lo que es”; y b) ¿qué diferencias internas, aun siendo invisibles, cambian su destino? En psicología y psiquiatría rara vez se dispone de “protones” claros y el constructo de “psicopatía” supone un ejemplo paradigmático de esta cuestión: más que un trastorno con límites estables funciona como un agregado de indicadores que señalan un estilo relativamente persistente de conducta y afectividad, cuya caracterización exacta es aún objeto de debate entre los especialistas (Hacking, 1999).
La dificultad no es menor, en la medida que una etiqueta como la de “psicopatía” pesa clínicamente –sugiere un pronóstico–, pesa en el ámbito forense –qué riesgo se atribuye–, y pesa culturalmente –qué relato se activa en torno al diagnóstico–. Así, cada pequeña variación criterial, es decir, cada “neutrón conceptual” que se añade o se retira al constructo, puede producir efectos enormes sobre la vida de una persona e incluso sobre las leyes y la sociedad en su conjunto. Lo cierto, sin embargo, es que la psicopatía debe entenderse como un objeto de conocimiento carente de “tabla periódica”: su identidad no está dada, puesto que se construye mediante decisiones de clasificación, medición y uso institucional (Quine, 1951; Kuhn, 1970; Duhem, 1991).
El término “psicópata” ha sido vulgarizado hasta el más absurdo desgaste. En el uso ordinario designa a una suerte de “monstruo moral”. Un individuo frío, malvado, manipulador, violento o cruel. Sin embargo, en el terreno de la psicología clínica y la investigación criminológica ha tendido a desplazarse hacia categorías diagnósticas más operativas, como la de Trastorno Antisocial de la Personalidad –TAP/ASPD– (American Psychiatric Association [APA], 2022). Esta sustitución terminológica, claro está, no resuelve la cuestión, en la medida que el solapamiento TAP-Psicopatía existe, pero el reemplazo no se ejecuta en términos de identidad. La psicopatía, tal y como es descrita en diferentes tradiciones clínicas –e incluso anatomofisiológicas–, no se agota en la conducta antisocial, en la medida que subsume también otros rasgos interpersonales y afectivos –por ejemplo, encanto superficial, falta de empatía o carencia de remordimientos–, así como otras variables médicas difusas que pueden aparecer con combinaciones distintas en sujetos distintos (Cleckley, 1976; Hare, 2003). De ahí que resulte poco acertado pensar en términos de personalidades “psicopáticas” o “no psicopáticas” como si se tratara de una categoría cerrada. Lo cierto es que, desde un punto de vista meramente descriptivo, la psicopatía se entendería mejor como una gradación de rasgos y perfiles. Esta perspectiva, aunque menos cinematográfica o novelesca, y con bastante menos “exactitud” científica, tiene una virtud epistemológica en absoluto desdeñable: reduce el esencialismo, entretanto aumenta la responsabilidad metodológica. Si ya no hay una frontera ontológica clara, lo que hay son umbrales prácticos y criterios de decisión, hecho que devuelve el tema al territorio de la medición (Goodhart, 1975; Campbell, 1976).
La historia del concepto de psicopatía es, en gran medida, la historia de una incomodidad diagnóstica y jurídica palmaria. De súbito, los especialistas hubieron de confrontar con individuos que cometían toda suerte de actos dañinos y malvados sistemáticamente, sin la presencia de delirios, sin confusión intelectual evidente y sin la experiencia clara de un sentimiento de culpa proporcional. Philippe Pinel (1745–1826) (Figura 3A) habló en su día para definirla de una “manía sin delirio” –manie sans délire–, sugiriendo que en algunas personas podría existir una perturbación moral o impulsiva sin pérdida de razón (Pinel, 1801). James Cowles Prichard (1786–1848) (Figura 3B), por su parte, desarrolló la noción de moral insanity, abriendo la puerta a pensar en alteraciones del carácter y la conducta con una comprensión cognitiva intacta (Prichard, 1835). A comienzos del siglo XX, George Everett Partridge (1870–1953), que no observaba esta circunstancia como un problema propiamente mental, propuso el término de “sociopatía”, para enfatizar la dimensión sociocultural, legal y conductual del problema (Partridge, 1930).
Figura 3. Litografías de Philippe Pinel (A) realizada por Julien Leopold Boilly (1796–1874) (n.p., n.d. Call No: I P6516 BO1) y James Cowles Prichard (B), publicada en Cunningham DJ, “Anniversary Address”, The Journal of the Royal Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, 1908; 38: 10–35.
Entre 1940 y 1980 se consolidó entre los profesionales un desacuerdo de fondo. Una parte de los especialistas, más afines a la clínica, defendía la psicopatía como síndrome de personalidad de origen incierto que aunaba determinados rasgos fisiológicos, afectivos y de estilo conductual interpersonal; otra parte, más vinculada al contexto forense e interesada por los aspectos comportamentales del asunto, ponía el foco sobre la desviación propiamente antisocial y sus consecuencias. El gran giro institucional llegó con la aparición de las dos grandes nosografías de los trastornos mentales. El ajuste profesional a los criterios del DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) y del CIE/ICD (Clasificación Internacional de las Enfermedades / International Classification of Diseases) (Figura 4) estabilizó un acuerdo de mínimos en torno al psicópata, que quedó bajo la cobertura del TAP/ASPD para la nosografía estadounidense (APA, 2022). Entretanto, en la tradición de la Organización Mundial de la Salud (World Health Organization [WHO]), se trabajó desde una reformulación dimensional de personalidad que incluyó, para hablar de psicopatía, el concepto de “disocial” (WHO, 2019). Ese acuerdo de mínimos fue útil para que todos en la profesión hablasen el mismo idioma, especialmente de cara a los tribunales, pero también proyectaba una alargada sombra de insuficiencia científica: se estaba ante una categoría clínico-conductual muy amplia y heterogénea que perfectamente podría no ser un trastorno mental en sentido estricto, y cuya etiología y diagnóstico resultaban inciertos (Lykken, 1995).
He aquí el problema de fondo: cuando la identidad conceptual –los protones– de un constructo operativo y eficiente del tipo que fuere se torna inestable, la tentación del investigador no es cuestionarlo, sino buscar a todo trance su esencialidad. Y la psicopatía, tal y como se entiende en la psicología y la psiquiatría contemporáneas, está marcada por esta tendencia. La célebre prueba PCL-R (Psychopathy Checklist – revised) de Robert D. Hare (n. 1934), por ejemplo, se diseñó como una escala de calificación basada en entrevistas semiestructuradas y una revisión sistemática de informes colaterales (Hare, 2003). Su fuerza y predicamento profesionales, sin embargo, no deviene tanto de su calidad teórica como de su valor metodológico, pues transforma una noción clínica difusa en un procedimiento relativamente estandarizado que concede al especialista la agradable sensación de que “se hace”, “se ve” y “se mide”. En el ámbito forense esto ha sido decisivo porque ha permitido la comparabilidad entre sujetos y, hasta cierto punto, la replicación. No es casual, por ello, que haya sido adoptada como un estándar en múltiples contextos de evaluación. Pero en el éxito de la PCL-R reside justamente el problema de fondo. El hecho de que funciona puede provocar –y de hecho provoca– una ilusión entre infinidad de profesionales: la de confundir el constructo de psicopatía con su operacionalización.
El propio Hare advirtió sobre el uso y el abuso del instrumento, al entender que una puntuación con consecuencias legales requiere de entrenamiento, contexto y cautela, existiendo un riesgo potencial de daño si la escala se usa incorrectamente o fuera de aquellas poblaciones para las que está validada (Hare, 1998). Es enteramente cierto que la evidencia meta-analítica muestra asociaciones moderadas entre la medida de Hare y la conducta antisocial, hecho que refuerza su gran atractivo como instrumento predictivo (Leistico et al., 2008). Sin embargo, se debe hacer notar que un resultado predictivo no equivale, por sí mismo, a una ontología cerrada del fenómeno: la potencia de un criterio, por buena que sea, no cancela su carácter último de decisión metodológica (Popper, 2002). De hecho, y estrictamente en términos de teoría de la medición, la validez de un constructo exige preguntarse siempre, hasta la extenuación, por la correspondencia entre lo que creemos medir –psicopatía en nuestro caso– y lo que efectivamente capturan los ítems, el método de puntuación que se emplea y el contexto de aplicación (Hacking, 1999). En evaluación forense, además, la medida nunca es neutral: produce decisiones que retroalimentan la realidad social de aquello que se está midiendo (Campbell, 1976).
Si se retorna ahora al problema antes enunciado del barco de Teseo, se advierte que ilustra a la perfección el hecho de que en la evaluación clínica, identidad y tiempo están entrelazados. En torno al constructo de “psicopatía”, de hecho, en la medida que eternamente discutido, ocurre algo semejante a lo que traía de cabeza a los filósofos atenienses, pero con una diferencia crucial: el barco de Teseo era de madera y cada tabla podrida se reemplazaba por otra del mismo tipo de madera, de suerte que el barco no perdía su esencialidad última con cada reemplazo al continuar siendo, en efecto, un barco de madera. Pero en el ámbito científico-diagnóstico-tecnológico se trabaja con criterios que modelan el constructo y que se van reemplazando con el tiempo… y los nuevos criterios no son “de la misma madera” que los antiguos, sino que son cambiantes, al punto de que modifican la naturaleza del constructo mismo (Kuhn, 1970).
Si este barco al que se denomina psicopatía se conserva reemplazando progresivamente sus tablas conceptuales –hoy “psicopatía”, ayer moral insanity, luego “sociopatía”, después TAP/Disocial y finalmente, otra vez, “psicopatía” entendida en clave de rasgos estructurales de personalidad, falencias hereditarias y/o alteraciones fisiológicas–, ¿en qué punto se ha dejado ya de hablar del mismo objeto? Entiéndase que el problema no es retórico, ya que afecta a la continuidad de una evidencia supuestamente acumulada que, en realidad, al modificarse los criterios desde los que se obtiene, no es otra cosa que “evidencia amontonada” cuando no se controla escrupulosamente la conmensurabilidad criterial misma. Un estudio que use el constructo de “psicopatía” como rasgo afectivo-interpersonal (Cleckley, 1976; Hare, 2003) no es conmensurable, sin más, con otro que use solo los criterios conductuales del TAP (APA, 2022) o con otro que se apoye en exámenes de la anatomía cerebral (Piepperhoff et al., 2026). Los tres pueden referirse a poblaciones que ocasionalmente se solapen, pero que, desde luego, no serán idénticas. En consecuencia, el “momento Teseo” del constructo no se resuelve con una decisión nominalista del tipo “acordemos una denominación”, en la misma medida que el nombre que se concede a las cosas en el terreno de lo psicosocial organiza prácticas, genera protocolos y produce consecuencias. Esta es la razón por la que las ciencias humanas -así como cualquier forma de conocimiento que confluya con ellas-, sea cual fuere la forma que adopten, deben convivir con la historia de sus categorías, entendiendo que no solo describen y analizan de manera aséptica, sino que también instituyen e intervienen (Hacking, 1999).
El debate clásico –y posiblemente vacío– acerca de si los psicópatas “nacen o se hacen” es un ejemplo perfecto de cómo las alteraciones criteriales sucesivas terminan induciendo un juego inconsecuente de falsas alternativas que, a fuerza de repetirse, se transforman en supuestas “verdades” socialmente aceptadas.
En el estudio de la personalidad, hasta donde se tiene conocimiento, la evidencia conductual-genética sugiere heredabilidades promedio en torno a .40 para las diferencias individuales, con una variación según diseños y rasgos (Vukasović & Bratko, 2015). Eso no significa que exista un determinismo, sino que parte de la varianza se asocia a diferencias genéticas, y parte a los ambientes no compartidos, la historia personal y el contexto. Por ello, en la tradición que diferencia entre las ideas de la psicopatía primaria y la psicopatía secundaria, la distinción no es banal, en la medida que pretende evitar la tentación del simplismo que afecta a toda forma de esencialismo teórico. Se asume entonces –como convención– que puede haber perfiles psicopáticos con más peso de los factores temperamentales y perfiles más ligados a trayectorias de adversidad. Se habla aquí de la célebre tesis de la nature via nurture, es decir, del hecho biológico elemental de que la naturaleza opera sobre los individuos a través del entorno (Lykken, 1995). El corolario práctico de esta perspectiva es importante: incluso si hay predisposiciones, los sistemas educativos, familiares y penitenciarios –el ambiente, lo ecológico– siguen siendo variables relevantes en la conducta. Es más, hay razones para presuponer que son más relevantes en el comportamiento que cualquier otra consideración.
Interesa destacar, en este punto, la tesis de los “efectos de bucle”, pues son un fenómeno muy vinculado al diagnóstico y propio de la clasificación y/o tipificación de las variaciones humanas. El hecho es que cuando se clasifica personas, tal evento clasificatorio puede cambiar la forma en que éstas se ven a sí mismas, cómo son tratadas y cómo actúan en consecuencia (Rosenthal & Jacobson, 1968; Hacking, 1999). Esto es especialmente sensible en etiquetas moralmente cargadas como “psicopatía”, siendo algo que afecta, en general, a todas las categorías diagnósticas psicomédicas, en la medida que modulan la identidad y la conducta del diagnosticado.
Más allá de las consecuencias vulgarizadoras de la caracterización mediática de una persona como psicópata –signifique eso lo que fuere en el contexto de los medios generalistas–, en el mundo penitenciario y forense la etiqueta tiene un peso incuestionable, en la medida que se convierte en pronóstico y, a su vez, pasa del pronóstico al trato que el individuo recibe. Con respecto al sujeto diagnosticado como psicópata, se presume inmediatamente una refractariedad terapéutica, se previene un ajuste específico de recursos, se induce la idea de una peligrosidad esencial, se dificultan las modificaciones de grado penitenciario, se restringen las salidas y se limitan las posibilidades de reinserción y resocialización. El riesgo de un uso abusivo o poco meditado de la etiqueta, por lo tanto, es cosificar a la persona en la medida que se convierte un constructo probabilístico en una sentencia ontológica. Por ello, una ética epistemológica mínima exige no negar la utilidad de instrumentos y categorías, pero resistirse siempre que sea posible a su reificación y absolutización (Campbell, 1976; Hare, 1998). Porque las personas no funcionan como los isótopos elementales.
Las cifras tienen un fuerte poder retórico y por eso gustan tanto para sostener planteamientos, ilustrar ideas o convencer en el debate: decir que “el desempleo se redujo un .3%” suena a hecho duro e incontrovertible. Pero el número del que se afirma descansa sobre otras convenciones preestablecidas que muy a menudo ni se aclaran, ni se comprenden: cómo definimos “desempleado”, qué población incluimos en tal concepto, qué umbrales usamos para meter o sacar a las personas en tal categoría... La definición de “desempleo” no es una entidad absoluta y cerrada como sí lo es la definición de “protón” o de “neutrón”, sino algo cambiante, cuya medida, por lo tanto, también es variable e interpretable dadas ciertas condiciones generales. En consecuencia, cuando un modelo de análisis produce probabilidades –por ejemplo, existe un “73% de riesgo”–, el residuo restante no es solo un margen estadístico, sino la vida real, el conjunto de variables no modeladas, contingencias, decisiones y cambios de trayectoria que no se han tenido en cuenta, o bien se han considerado irrelevantes. El peligro, en todo caso, se presenta cuando el modelo se utiliza para administrar destinos como si fuera un detector de isótopos moralmente neutro. Y conviene recordar, en este punto, una advertencia clásica –la conocida Ley de Goodhart 6 – en ciencias sociales: cuando un indicador se convierte en supuestamente objetivo, se corrompe, ya que termina empujando a los actores a la optimización de la medida en lugar de a la comprensión del fenómeno. Es decir, la medición no solo describe hechos de mejor o peor forma, sino que también incentiva relatos.
La enseñanza que cabe extraer de todo esto no es anticientífica y sería erróneo pretender que así fuera. Antes, al contrario: una filosofía de la ciencia bien entendida recuerda al usuario responsable del método científico que todo conocimiento trabaja con modelos, supuestos y recortes objetuales (Taleb, 2007). Las humanidades, como bien supo entender Michel Foucault (1926–1984), aportan una memoria crítica sobre esos recortes: muestran qué queda fuera, qué violencia conceptual introducen las tipologías, qué marcos de análisis se imponen, qué voces se silencian cuando una carpeta de la realidad se consolida y conforma etiquetas y modelos analíticos (Foucault, 1969/2009). A su vez, la ciencia natural aporta a las humanidades y ciencias sociales una disciplina de explicitación, pues obliga a declarar métodos, criterios, fuentes, supuestos y márgenes de error. En este sentido, la colaboración es posible si se renuncia a dos excesos simétricos: la arrogancia galileana del número –creer que lo real se agota en su medida– y el cinismo interpretativo del populista –entender que toda medición no es otra cosa que mera propaganda–. Ello tiene una consecuencia directa en el plano educativo e investigador, que adoptaría la forma de una regla higiénica práctica que es acompañar todo dato cuantitativo sobre lo humano de una reflexión que responda a tres preguntas básicas: 1) ¿qué definición previa hace posible la cifra?; 2) ¿qué deja fuera el instrumento?; y 3) ¿cómo puede la cifra cambiar el fenómeno que pretende medir?
En efecto, el asunto de los isótopos muestra la potencia de un criterio de identidad estable: con protones se construye una tabla periódica y, mediante ella, un mundo de intervenciones precisas. La misma estructura revela, por contraste, la dificultad de fijar identidades en lo humano, en la medida que se carece de “protones” consensuados, el hecho es inseparable de su contexto, de su relato y de su medición. Sin embargo, la tarea no consiste en renunciar a medir, sino en medir con lucidez y sabiendo que toda cifra es un mapa útil, aunque necesariamente incompleto. Jorge Luis Borges (1899–1986) ironizaba acerca de este asunto con la alegoría del mapa a escala 1:1. Un mapa perfecto sería del todo inútil porque coincidiría con el territorio que representa (Borges, 1960). Del mismo modo, la cuantificación perfecta de la vida humana sería pretender el imposible de ir caso por caso. Por eso son necesarios los modelos y también la sana crítica de estos que impida confundir el mapa empleado –modelo– con el mundo –lo modelizado–. Si la tesis general pudiera formularse en una frase, sería esta: en la naturaleza, el neutrón cambia el destino; en lo humano, la definición de “neutrón” ya es parte de la disputa, y por eso todo decimal añadido sin reflexión puede convertirse en mera soberbia epistemológica.
El constructo de “psicopatía” supone un ejemplo perfecto de esta cuestión, pues no es un isótopo estable. Más bien se trata de un nombre de familia para un conjunto de fenómenos que requieren modelos, instrumentos y decisiones de corte. La comparación con los isótopos ilumina el peligro principal en este punto: creer que, porque podemos poner un nombre a las cosas y asignarles una puntuación, hemos encontrado protones ontológicos. Pero en lo humano, se ha de insistir, la medición siempre es un mapa, no el propio territorio (Borges, 1960; Goodhart, 1975).
Una práctica académica y profesional rigurosa –clínica, forense o investigadora– debería asumir tres compromisos ineludibles con el rigor técnico y la ética profesional: 1) explicitar el marco conceptual –en nuestro ejemplo, qué se entiende por psicopatía en ese contexto específico–; 2) justificar la operacionalización –por qué emplear ese instrumento y no otro, en base a qué límites–; y 3) vigilar los efectos de uso –qué efectos produce la etiqueta diagnóstica– tanto en el sistema, como en el sujeto (Hare, 1998; Hacking, 1999). Medir, sí; pero medir con lucidez, sin convertir el decimal en dogma, pues toda medida de lo humano conlleva consecuencias socioculturales y psicológicas impredecibles.
1 La etimología del concepto –iso (igual) + topos (lugar)– sugiere la idea básica de lo que es un isótopo, en tanto que entidad química: mismo lugar en la tabla periódica, misma identidad elemental, pero diferencia interna que puede ser decisiva y delimitar el comportamiento del elemento. La existencia de los isótopos elementales fue postulada y luego consolidada experimentalmente por Frederick Soddy (1877–1956), Joseph J. Thompson (1856-1940) y Francis W. Aston (1877–1945) entre los años 1912 y 1919 (Aston, 1922).
2 En el caso del uranio, el denominado “enriquecimiento”, por ejemplo, consiste en aumentar la proporción de U‑235 respecto a U‑238, mediante separación isotópica del elemento; no implica un “quitar neutrones” en cada átomo por mera transmutación.
3 En la analogía isotópica que se emplea, “protones” significa criterio de identidad y “neutrones” significa variación interna relevante. No se pretende traducir literalmente la física a lo filosófico o a lo social, hecho que implicaría una simplificación ontológica inaceptable, sino iluminar el problema inherente a las estructuras de clasificación en los diferentes ámbitos.
4 Hay una variante de este experimento mental diseñada por Thomas Hobbes (1588-1679) que aún afila más la paradoja: si alguien hubiera guardado las piezas viejas que se iban retirando del barco de Teseo y, con ellas, reconstruyera un segundo barco, entonces habría dos barcos, el restaurado (reproducción del original, pero con continuidad histórica) y el reconstruido (con las piezas originales, pero sin continuidad histórica). ¿Cuál sería entonces el “verdadero” barco de Teseo? (Hobbes, 1655/2002; Parte II, cap. XI).
5 La discusión sobre marcos y cambios de paradigma conecta con otros debates clásicos de filosofía de la ciencia –por ejemplo, falsación, subdeterminación y la modificación de los criterios admitidos de evidencia– (Kuhn, 1970; Popper, 2002).
6 La Ley de Goodhart se formula habitualmente como: “cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida’”. Es una advertencia sobre efectos de retroalimentación en sistemas sociales (Goodhart, 1975).
REFERENCIAS
Aristóteles. (Aristotle). (1933). Metaphysics. (vol. I: Books 1-9) (H. Tredennick, Trans.). Harvard University Press.
Aristóteles. (1995). Física (G. R. de Echandía, Trad.). Editorial Gredos.
Aristóteles. (2012). Metafísica de Aristóteles: Edición trilingüe (griego clásico–latín–castellano) (V. García Yebra, Trad.). Editorial Gredos.
Aston, F. W. (1922). Isotopes. Edward Arnold. https://digital.sciencehistory.org/works/7p88ch821
American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR). American Psychiatric Association Publishing.
Borges, J. L. (1960). El hacedor. Emecé Editores.
Campbell, D.T. (1976). Assessing the impact of planned social change (Occasional Paper Series No. 8). Public Affairs Center, Dartmouth College.
Cleckley, H. (1976). The mask of sanity: An attempt to clarify some issues about the so-called psychopathic personality (5th ed.). Mosby Co.
Duhem, P. (1991). The aim and structure of physical theory. Princeton University Press.
Foucault, M. (2009). La arqueología del saber. Siglo XXI Editores.
Goodhart, C. (1975). Problems of monetary management: The U.K. experience. En Monetary Theory and Practice (pp. 1–20). Reserve Bank of Australia.
Hacking, I. (1999). The social construction of what? Harvard University Press.
Hare, R. D. (1998). The Hare PCL‐R: Some issues concerning its use and misuse. Legal and Criminological Psychology, 3(1), 99–119. https://doi.org/10.1111/j.2044-8333.1998.tb00353.x
Hare, R. D. (2003). The Hare Psychopathy Checklist–Revised (2nd ed.). Multi-Health Systems.
Heráclito. (2008). Fragmentos. En H. Diels, & W. Kranz. Los filósofos presocráticos (vol. I, trad. V. García Yebra). Editorial Gredos.
Hobbes, T. (1655/2000). Tratado sobre el cuerpo (J. Rodríguez Feo, Trad.). Editorial Trotta.
Kuhn, T. S. (1970). The structure of scientific revolutions (2nd ed., enlarged). University of Chicago Press.
Leistico, A. R., Salekin, R. T., DeCoster, J., & Rogers, R. (2008). A large-scale meta-analysis relating the Hare measures of psychopathy to antisocial conduct. Law and Human Behavior, 32(1), 28–45. https://doi.org/10.1007/s10979-007-9096-6
López-Muñoz, F., & Pérez-Fernández, F. (2020). La barca de Caronte. El largo viaje del alma humana a través del pensamiento, la ciencia y la medicina. Delta Publicaciones.
Lykken, D. T. (1995). The antisocial personalities. Lawrence Erlbaum Associates.
Nord, A. G., & Billström, K. (2018). Isotopes in cultural heritage: Present and future possibilities. Heritage Science, 6(1). https://doi.org/10.1186/s40494-018-0192-3
Partridge, G. E. (1930). Current conceptions of psychopathic personality. American Journal of Psychiatry, 87(1), 53–99. https://doi.org/10.1176/ajp.87.1.53
Pinel, P. (1801). Traité médico-philosophique sur l'aliénation mentale, ou la manie. Richard, Caille et Ravier.
Plutarco (1982). Teseo. Vidas Paralelas I. Editorial Gredos (pp. 151-204).
Pieperhoff, P., Hofhansel, L., Schneider, F., Müller, J., Amunts, K., Weber-Papen, S., Weidler, C., Clemens, B., Raine, A., & Habel, U. (2026). Associations of brain structure with psychopathy. European Archives of Psychiatry and Clinical Neuroscience, 276(1), 63–75. https://doi.org/10.1007/s00406-025-02028-6
Popper, K. (2002). The logic of scientific discovery (2nd ed.). Routledge.
Porter, T. M. (1995). Trust in numbers: The pursuit of objectivity in science and public life. Princeton University Press.
Prichard, J. C. (1835). A treatise on insanity and other disorders affecting the mind. Sherwood, Gilbert, and Piper.
Quine, W.V.O. (1951). Two dogmas of empiricism. The Philosophical Review, 60(1), 20–43. https://doi.org/10.2307/2266637
Rosenthal, R., & Jacobson, L. (1968). Pygmalion in the classroom. The Urban Review, 3(1), 16–20. https://doi.org/10.1007/bf02322211
Smolin, L. (2006). The trouble with Physics. Penguin Books.
Taleb, N. N. (2007). The black swan: The impact of the highly improbable. Random House.
Vukasović, T., & Bratko, D. (2015). Heritability of personality: A meta-analysis of behavior genetic studies. Psychological Bulletin, 141(4), 769–785. https://doi.org/10.1037/bul0000017
World Health Organization. (2019). International statistical classification of diseases and related health problems (11th ed.; ICD-11). World Health Organization. https://icd.who.int/